martes, 22 de mayo de 2012

Déficit sobre la esperanza




Me ha pasado  algo extraño aunque no demasiado inhabitual esta mañana. Lo explico:  Sufro desde hace algunas semanas extrañas duermevelas antes de despertarme completamente. No sé si obedece a algo biológico o simplemente es algo que me esté sucediendo. Durante estas un duermevelas me he encontrado a mi mismo recapacitando sobre temas que últimamente nos preocupan a todos. No sé si es un estado onírico o o sea realmente estoy despierto y recapacito todo lo que durante el día no soy capaz de recapacitar por las obligaciones muchas veces laborales otras veces familiares. Y este estado no deja de ser especialmente clarificador en algunas ocasiones. 

El caso fue que esta mañana me he despertado desde la tierra de los sueños con la extraña sensación de tener que reactivar un poco lo que escribo- que últimamente es poco o nada-  y volver a centrar un poco las energías que tengo en cosas que me gustan y que me llenan. Como todos los demás sigo con muchísima preocupación lo que le sucede a este país últimamente. En el fondo, y haciendo un análisis un poco más pormenorizado, por lo menos a nivel sociológico, tanto bombardeo de pésimas noticias nos ha tocado en lo mas hondo. Creo que hemos perdido la fe en nosotros mismos, en nuestra capacidad de reacción, en nuestra capacidad de liderazgo; nuestra manera de hacer las cosas, nuestra manera de vivir, nuestra manera de entender la vida. Hemos puesto en tela de juicio todo lo que hasta ahora nos era dado y era una hermosa herencia;  todo lo que era nuestro, todo lo que realmente nos importaba, todo lo que realmente apreciabamos. No sólo tenemos una crisis financiera y económica apabullante. Tenemos una crisis de identidad,  una crisis de existencia, un déficit de alegría, una quiebra en lo social y en lo existencial. Tenemos una disolución de lo que fuimos,  una duda razonable y nada metódica  de lo que somos, de nuestra manera de ser. En resumen:  una bancarrota en nuestra propia esencia. Quizá a mí me sucedió lo mismo esta mañana cuando me desperté. Quizá había demasiadas dudas antes, pero no ahora. No creo ya en la honestidad de la gente, no creo la honestidad de las instituciones, no creo la honestidad de los empresarios, no creo la honestidad de los ministerios ni en la honestidad de los políticos. Acaso  esta crisis a mí me ha hecho madurar en lo personal y como trabajador mi también. Y por eso ya no soy aquel pobre imberbe confiado en determinado tipo de instituciones que han demostrado que son tan susceptibles a la corrupción como cualquier otra.  Como dijo un dia Roger Waters "the child has grown, the dream is gone"

En lo que se han equivocado los políticos, las instituciones, los organismos tanto españoles como europeos e  incluso los mundiales es que no hay ningún tipo de acción económico política que pueda devolver una esperanza sino se genera un clima propicio para ello. Y es el problema que tiene básicamente hoy en día cualquier persona que vive en España. Necesitamos esperanza porque no la tenemos. Esperanza para los millones de parados, Carlos casi dos millones de hogares que tienen a todos sus miembros en paro, sin posibilidad de trabajar sin posibilidad de traer un sueldo a casa sin posibilidad de tener una mejora en su perspectiva de vida. Hemos partido tanto tiempo en los pelotazos urbanísticos, en los grandes chanchullos financieros e institucionales de los que se han lucrado cuatro listillos de turno, nos hemos corrompido tanto como país, a nivel institucional, donde esos cuatro se reparten las ganancias de todos, donde existe una oligarquía privilegiada que maneja a sus anchas todos los recursos económicos de un país en su neto beneficio,  que no hay acción político económica que pueda en breve plazo y en su singularidad arreglar semejante desaguisado. Vuelvo lo de antes, nos hace falta al resto, a la inmensa mayoría que somos honestos trabajadores, contribuyentes honrados, esperanzados inocentes, que todavía creen que esto puede mejorar, una inyección de alegría en dosificación propia de paquidermos. Necesitamos una alegría para el día a día, un atisbo de mejora, una luz   clara y limpia al final del túnel que guíe hacia un mañana esplendoroso, o simplemente un mañana un poco mejor. Necesitamos esperanza, algo que realmente sirva para perder en el último momento, como un chaleco salvavidas casi deshinchado, como un tronco en medio de la marejada. Algo a lo que asirnos, agarrarnos con brazos, con manos, con más uñas, con más dientes, o simplemente con lo que tengamos. Necesitamos esperanza para nuestros niños, para nuestros mayores, para nuestros trabajadores, para la gente que nos ama, para la gente la que amamos, para nuestros compañeros de trabajo, para nuestros responsables, para nuestros empresarios, para nuestros obreros, para nuestros economistas, para nuestros inversores, para nuestros mercados. Necesitamos esperanza, porque es la auténtica gasolina del vivir. Porque vivir desahuciado no es vivir. Tan solo deambular hacia la muerte.

Y si  nuestros políticos, nuestros responsables económicos financieros, nuestros ilustres e ilustrados europeístas, y toda la parafernalia oligarquía burocrático- económica y  financiero- económica de los mercados no entiende nada de esto entonces es que no nos sirven no sirven y deben ser erradicados. Y si nuestra democracia, nuestro sistema democrático tal y como está establecido no nos generan confianza ni esperanza, por  muy radical que puede sonar y por muy extremista y pornográfico que pueda  parecernos debe ser cambiado;  hacia algo mejor algo más participativo, mas real, donde no exista una democracia en lata en la que un ciudadano simplemente se limita a depositar un voto cada cuatro años.  Debe generarse un sistema más democrático;  más rea; l más en contacto con la ciudadanía. Y el ciudadano debe volver a tener en su mano la posibilidad de dirigir día, la posibilidad de tener esponsabilidades económicas y políticas. Y todas las instituciones que no nos sirva que no nos generen esa alegría y esperanza y esa confianza deben cuestionadas, reconvertidas, o simplemente erradicadas. No importa el coste, no importa qué dirán. Porque nos debemos esa dignidad como personas de un país, los debemos esa dignidad para volver a tener en nuestras manos un pequeño atisbo de alegría sin déficits que ensombrezcan su esplendor.


Para mi amigo J. Pampín.


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