C O R D U R A

Cordura:Estado psíquico de la persona que tiene la mente sana y no padece ningún trastorno o enfermedad mental.

I N S T A N T E

Instante: Período de tiempo muy breve, casi imperceptible.

UN BREVE INSTANTE DE CORDURA

Un paseo de la mano de la introspección y la reflexión sobre la locura de la vida moderna.

oTrOs lO dIcEN

Do you still believe in fairy tales, in battlements of shining castles, Safe from the dragons that lie beneath the hill?

La Bitácora personal...

De un soñador de Bits en Pijama

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La Promesa de Belem


Tras las gafas de sol escondí un poco mi emoción. Tardé, pero cumplí. Cumplí con lo prometido. Allí estaba, delante de mi. No es grande precisamente, ni precisamente destaca sobre el resto. Pero su mármol blanco, sus almenas estriadas, su patio largo hacia el Tejo, sus balconadas cuasi barrocas la hacía prevalecer sobre el entorno. Había vuelto. Cumplí con lo prometido.

Volví dieciocho años más tarde. Con el doble de la edad que tenía cuando fuí a verla por primera vez. Y era de lo poco que sigue exactamente igual que cuando contemplé Lisboa por primera vez. En dieciocho años me ha cambiado la vida tanto y tantas veces que apenas puedo decir que sepa realmente qué pensé cuando la contemplé con los dieciocho años pululando entre las venas. Quizá lo que pienso ahora: que es una obra de arte hermosa. Y que el tiempo pasa por ella mejor que por mí.

Cuando tenía dieciocho años prometí que volvería a Lisboa con el amor de mi vida. De aquella, pensé que el amor tendría otro nombre y otros apellidos. Pero qué mas da si lo importante es que volví con quien debía. Volví dieciocho años más tarde. Volví más viejo, más cansado pero hecho un hombre. La promesa que le hice a aquella torre, fue cumplida. Como cuando los navegantes portugueses lo hacian al salir a navegar al nuevo mundo y volvían a casa. En Lisboa, hace unos días yo me sentía así. Como un navegante que vuelve a casa. Con los ojos empañados, un poco solamente. Ire sacaba fotos y disfrutaba de la tarde. Y yo me sentí el hombre más dichoso del mundo, con los deberes hechos. Bien por Belem. Y bien por mi.
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martes, 27 de noviembre de 2007

Carta para un Joven Amigo

Tenemos un tiempo delante. Un tiempo en el que las palabras, probablemente, van a sobrar. Nos esperan horas desazonadas y de una extraña y fría soledad. Recuerdo que cuando yo tenía tu edad, pensaba que la vida no podía ser más maravillosa. Aprenderás que toda apreciación será matizable por la propia vida. Notarás que te duele el pecho algunas veces, que el día no es tan brillante como debería y que el sol no calienta como quisieras. Y esos días, espero, que pienses en las palabras que ahora te escribo.

La vida es hermosa. Piensa en todas las cosas que ves en cada instante. Fíjate en el azul del cielo por las mañanas. Fíjate en el color de las cosas. Cuando llueva, observa lo maravilloso que es el tintineo del agua. Todo forma parte de todo. Todo está vinculado con todo. Tu eres todo.

Es cierto: notarás algunas veces que la vida no vale nada. Que nada merece la pena. Pero eso son sólo los momentos en que la droga de vivir deja de hacer efecto. Percátate de todo lo que te rodea. Todo se ha hecho para ti, para que lo disfrutes, para que sepas como és.

No dejes de amar la vida, aunque por desgracia ahora mismo te haya cambiado radicalmente. Te queda todo por vivir. Un día tendrás a alguien con quien compartir una puesta de sol, tendrás amigos que tocarán tu alma los días de lluvia, con los que compartirás café y conversación, viajarás a sitios insospechados, disfrutarás de la vida en cada momento. Habrá noches con lluvia de estrellas, con risas y una hoguera. Y en ese instante no desearás más que sentir que la vida corre a borbotones por tus venas.

Hace cuatro años, un amigo mío emprendió un gran viaje del que no ha vuelto ni volverá. Recordé que muchas veces, a lo largo de nuestra vida juntos, cantábamos una canción que hoy te voy a poner aquí. Escúchala y dime si te dice algo.

Cuídate mucho, joven amigo...



MÁS DE CIEN MENTIRAS...
Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, alteres.

Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.

Tenemos el sexo y el rock y la droga,
los pies en el barrio, y el grito en el cielo,
tenemos Quintero, León y Quiroga,
y un bisnes pendiente con Pedro Botero.

Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos un as escondido en la manga,
tenemos nostalgia, piedad, insolencia,
monjas de Fellini, curas de Berlanga,
veneno, resaca, perfume, violencia.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre.

Tenemos talones de Aquiles sin fondos,
ropa de domingo, ninguna bandera,
nubes de verano, guerras de Macondo,
setas en noviembre, fiebre de primavera.

Glorietas, revistas, zaguanes, pistolas,
que importa, lo siento, hastasiempre, te quiero,
hinchas del atleti, gángsters de Coppola,
verónica y cuarto de Curro Romero.


Tenemos el mal de la melancolía,
la sed y la rabia, el ruido y las nueces,
tenemos el agua y, dos veces al día,
el santo milagro del pan y los peces.

Tenemos lolitas, tenemos donjuanes;
Lennon y McCartney, Gardel y LePera;
tenemos horóscopos, Biblias, Coranes,
ramblas en la luna, vírgenes de cera.

Tenemos naufragios soñados en playas
de islotes sin nombre ni ley ni rutina,
tenemos heridas, tenemos medallas,
laureles de gloria, coronas de espinas.


Tenemos caprichos, muñecas hinchables,
ángeles caídos, barquitos de vela,
pobres exquisitos, ricos miserables,
ratoncitos Pérez, dolores de muelas.

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos.

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca llevaban a Roma.



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viernes, 23 de noviembre de 2007

Para el dolor de quien más quiero

Definitivamente: no sé hacerlo.
Hubo un tiempo en que pensé que sabía como consolar a la gente que más quería. A mis amigos, a mis amores. Todo el mundo decía que yo sabía escuchar. Evidentemente me equivoqué. O se equivocaban, bienintencionadamente pero se equivocaban.

Siempre digo que cuando alguien se va, no hay medicina ni remedio que pueda llenar el hueco abismal que nos deja. Es un agujero negro en el pecho, un estigma, una llaga insodable. Y más si esa persona a la que perdemos es tan excepcional como ha sido nuestro caso. No sé consolar a quien más quiero porque, generalmente, es ella quien me consuela a mi. Me hace más fuerte, me hace más humano. Y yo fracaso haciéndolo.

Sufro porque no tengo palabras que aplaquen ese dolor que arde en el centro. Porque no tengo luz para ese agujero negro, porque las llagas y los estigmas también son míos. Le pido perdón a quienes quiero, a mi nueva familia, porque no sé hacer nada mejor de lo que estoy haciendo ahora.

Ojalá mi amor comprendiese lo que yo a veces comprendo. Lo siento, lo siento tanto. Me duele tanto. ¿Cómo puede ser su dolor? ¿Qué dimensiones alcanzará su pena y la de los suyos sabiendo lo mucho que conocían al gran corazón que se fue estos días? Me lo perdí, amor mío, y jamás sentí tanto no conocer más a ese corazón enorme. Me lo perdí ahora, que me quedaban tantos años para conocerlo, para verlo, para intimar con él. Para aprender de él. Mi dolor es una pérdida por lo que pudo haber sido y no fue. ¿Qué tipo de dolor tendrás tú, que tipo de yaga teneís vosotros, a los que tanto quiero? Vosotros que lo disfrutasteis tanto, que lo amasteis de esa manera, debeís sufrir lo indecible. Me quedo en silencio viendo vuestras lágrimas y no sé hacer nada que no sea callarme y esperar y mostrar mi corazón, por si necesitais algo de él.

Quiero pensar que un día, en algún lugar, todos nos encontraremos de nuevo. Y en ese lugar no habrá dolor, ni tiempo. Y todos estaremos juntos tanto tiempo como queramos. Un día, algún día... como decía alguna canción.

Un dia color de melocotón
cuando al fin todos seamos libres
cuando las piedras se puedan comer
y ya nadie sea más que nadie...
Canta por mi
si no estoy yo aquí
viene el día en que seremos puros
Como el cielo de Verano sobre el Mar...

Ya sabes lo que te digo, amor mío. Nuestra patría final será el firmamento. Ahí donde viven después los que se van ahora. Nos vemos todos allí, en las estrellas...
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lunes, 5 de noviembre de 2007

Esos pedazos extraños de mi corazón

Hacía tiempo que no me veía ni yo a él. Me tendió la mano como siempre, como cada vez que nos vemos... aunque pase el tiempo hay gente que es de una determinada manera. Cristalina y afable. Y no sabe ser de otro modo. Es cierto: hay gente que es así. Todavía quedan de ese tipo de personas. Hay días en que la gente se empeña en hacerte ver esperanza. Bendito error.

Me tendió la mano y finalmente nos pusimos a hablar de lo que ultimo ocurrido en nuestras vidas. Esto de verse de pascuas en ramos es lo que tiene... que de pronto nos vemos tan cambiados, con horarios diferentes, con momentos mudados, con corazones en metamorfosis continúas, tan distintos, con tantas y tantas novedades que realmente tienes demasiado para contar y no sabes por donde comenzar el relato. Un viejo conocido. Un colega. Lo conozco desde que tenía dieciséis. No puedo decir que fuésemos amigos. Pero compartimos sudores, lugares de trabajo, lugares de esparcimiento... la vida nos lleva algunas veces de la mano, y no sabemos ni siquiera cómo ni por qué. Si me hubiesen dicho cuando lo conocí que después de tantos años coincidiríamos en una celebración privada, nunca lo hubiera creído. La vida es sorprendente. Estaba allí, con su hija de cortísima edad. El y su novia de toda la vida. Ahora, ya puedes llamarla mujer, evidentemente. Qué sorpresa. Tanto tiempo viéndonos esporádicamente para acabar en un punto en común. Nuevos corazones para un mundo sin corazón. La vida es así de cíclica, previsible y evidente. Bendita sea la propia vida.

Hoy unos amigos -algunos de mis corazones favoritos- celebraban el bautizo de su hija. Saqué fotos, bebimos, cantamos, aplaudimos... hace tanto tiempo que los conozco que son como una parte de mi. Una parte presente y que pocas veces veo. Tengo planes para ellos, tengo sueños con ellos. Ahora ya son tres. Tres corazones. Quiero verlos envejecer. Quiero ver crecer a su hija. Quiero tantas y tantas cosas.

Hoy, viendo a mis amigos con sus hijos, lo sentí: el amor es contagioso, como me dice quien más quiero. Es una energía viva. Vive en nosotros y nos contagia. Nos llena, a los que somos de buen corazón, a los que no queremos el mal, y nos rellena por dentro de una suave y cálida luz. Qué razón tiene mi amor: el amor lo es todo y no es una simple cursilería. Es una realidad. Hoy lo sentí aquí dentro, donde late el pecho. Los hijos de quienes quiero (Mis sobrinísimas, la hija de mis amigos...) son esos extraños pedazos de mi corazón. Son pedazos nuevos. Son historias nuevas. Son amores nuevos. Creo que en días como hoy jamás he amado tanto la vida.

El sol se puso detrás de las islas y nos marchamos. Dentro de mi corazón habita esa cálida luz. Cuando veo a quien más quiero, y me siento a su lado, siento que todo lo que hacemos está bendecido por algo o por alguien. Quizá uno de estos días tengamos otro pedazo -más nuestro, más intimo- de corazón para nosotros. Que sea nuestro . Que podamos disfrutar y dar a quienes tanto amamos. Hoy recibimos. Y mañana daremos. La vida es un trueque gigantesco. Los corazones nada piden y todo lo dan.



Para Marina, Pascu y Adela...
y para ese otro corazón de tanto tiempo.

viernes, 5 de octubre de 2007

...Y volveremos a caminar nuevamente junto al faro

Dicta el calendario que hoy es viernes. Lo bueno que tiene el viernes es que parece el día más alegre de toda la semana. Todo parece perderse por un breve instante en la alegría de un descanso merecido. Cuando trabajaba en la factoría, lo mejor era saber que el viernes a las dos de la tarde la jornada había acabado. Se abría una dimensión lúdica envidiable. Tantas horas para uno sólo y tanto para descansar.

Evidentemente las horas tienen un peso. A veces muy grave, otras liviano. Siempre que hay unos días de asueto las mismas horas graves de antes salen volando como volutas de humo, corriendo.

Siempre suena mejor cuando hay con quien compartir esos instantes de auseto. Lo terrible, y ya lo expresó Moix en alguna otra ocasión en algún texto (El domingo del joven triste) es cuando no hay quien comparta ni un solo minuto contigo. Cuando vivía solo, y de eso no hace tanto tiempo, recuerdo los autenticos estragos que causaba en mi la soledad cuando era inesperada y no deseada. Cierto que no hay nada mejor algunas veces que una buena botella de ron y un buen libro cuando el cuerpo te lo pide. Pero cuando el cuerpo lo que te pide es escuchar una voz que no es la tuya, entonces sí que hay un problema o un sin vivir. Para todo hay antídotos: Cuando era más jóven, me gustaba perderme durante horas en el monte o en la playa. Hubo una época que incluso cuando peor me sentía, más kilómetros hacía en mi viejo Ford para poder encontrarme un rato a mi mismo. He caminado noches enteras sólo. He cenado en la más completa soledad de un domingo por la tarde-noche. He dado vueltas horas y horas. He realizado cientos, miles de kilómetros, con el coche vacío, en carreteras oscuras y terribles. Y recuerdo aquella sensación como si hubiese sucedido hoy. La sensación de estar vacío por dentro, de estarse comiendo la vida tu corazón. La sensación del frío recorriendo tus entrañas, la de no encontrar otros ojos que no sean los ojos de la indiferencia. La del teléfono que no suena, la de la llamada perdida...

... quizá la soledad no vuelva nunca. O por lo menos no vuelva a menudo. Y si vuelve, siempre tendremos la necesidad de una noche en su compañía, como otras tantas veces. Nos armaremos de una botella de buen vino, o de ron. Mordisquearemos una canción entre los dientes "...Si tu no vuelves.." Y volveremos a caminar nuevamente junto al faro. Mientras nuestra vieja amiga la soledad nos vuelve a comer a trozos, poco a poco, nuestro humilde, triste y viejo corazón.

martes, 25 de septiembre de 2007

Y lucían las estrellas... (E lucevan le stelle)

Alguien se olvidó de enseñar a Puccini en las escuelas de mi vida. Quizá este sea el principal problema de nuestra sociedad, que todo lo que suena a culto parece un soberano muermo o coñazo. La función de la cultura es precisamente la lúdica, será que alguien se ha olvidado de contarnoslo a nuestra generación y a las venideras.


La Opera a la mayor parte de la gente le suena a tipos pegando berridos. Curioso: en este país hace unas semanas todo el mundo estaba de luto porque un joven deportista moría en un terreno de juego. Unos cinco días más tarde fallecía uno de los mejores cantantes de opera de todos los tiempos: Lucciano Pavarotti. Y apenas unas reseñas en los informativos y escasa repercusión mediática. Lo decía Pérez Reverte y acabaré dandole la razón, mal que le pese a algunos. En este país tenemos la insolente manía de volvernos masivamente aborregados. Los mass-media causan estragos en la adocenada población acostumbrada al pan y al fútbol. Y todo lo que salga de ahí, complicadito lo tienes para que no le parezca raro al vulgo.

En alguna época de mi vida quise ser como el cantante del Nessum Dorma, que al llegar a la mañana vencería y por fin se declararía a su amada princesa en su fría estancia. En esta que estoy viviendo me siento como el torturado de Tosca. Y todo eso fue gracias a Luciano Pavarotti, que me descubrió qué era volver a estremecerse escuchándo música.

Hoy lo vuelvo a decir... Y lucían las estrellas...

E lucevan le stelle… ed olezzava la terra… stridea l’uscio dell’orto… e un passo sfiorava la’rena… Entrava ella, fragrante, mi cadea fra le braccia… Oh! dolci baci, o languide carezze, mentr’io fremente le belle forme disciogliea dai veli! Svanì per sempre il sogno mio d’amore… L’ora è fuggita… E muoio disperato! E non ho amato mai tanto la vita!…
Y brillaban las estrellas y olía la tierra… chirriaba la puerta del huerto y unos pasos hacían florecer la arena… Entraba ella fragante y caía entre mis brazos… ¡Oh dulces besos, lánguidas caricias! Mientras yo estremecido las bellas formas iba desvelando… Para siempre desvanecido mi sueño de amor… Ese tiempo ha acabado… ¡y voy a morir desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida!



jueves, 20 de septiembre de 2007

Salvarse de un mundo cruel

Esta mañana he tenido suerte. Es curioso que yo diga esto. Pero es cierto, he tenido suerte. Porque he escuchado una conversación en la que nadie esperaba que yo estuviera presente. Es curioso como son los hipócritas. Además de ser seres bicéfalos, son sibilinos, husmeantes, confabuladores de "soto voce". Ah, es cierto, es cierto. Me había olvidado de ellos, de tanto vivir en medio de la carroña me dejé invadir un poco por su hediondo olor.

Me reprocho que no sé de qué me sorprendo. Viven a mi alrededor. Revolotean a mi alrededor. Alguno de ellos ni siquiera puede decir que pueda encontrar su cerebro en medio de una convención de boñigas de vaca. Es lo malo de vivir en medio de tanto bobo con corbata.

Traicionado una vez más por quien sólo mide a la gente por su valía por dinero, me doy cuenta de que no sé hasta que punto no me mareará este tufo a tonto perdido y a traidor a sabienda. Traidores nuestros de cada día, dánosle hoy. Recuerdo que el otro día, el más listo de todos, me comentaba que la palabra "Sinopsis" no existía. ¿Le debo explicar qué es un diccionario o le dejo seguir siendo tonto? ... opto por la segunda opción. Pero venga, lo copio del RAE para evitar mis propias dudas:

sinopsis.

(Del lat. synopsis, y este del gr. σύνοψις; de σύν, con, y ὄψις, vista).

1. f. Disposición gráfica que muestra o representa cosas relacionadas entre sí, facilitando su visión conjunta.

2. f. Exposición general de una materia o asunto, presentados en sus líneas esenciales.

3. f. Sumario o resumen.


Según mi compañero, todo esto no existe. Es cierto. Se cierne sobre mi la duda de si los ciento y pico academicos y catedráticos de la lengua española tienen razón o simplemente es que no han conocido a esta lumbrera de la humanidad. Me rio. Me reí ese día y me rio ahora en silencio. Me rio de ellos. Su patetismo y su paletismo es el maná de mi risa.



Hoy me ha salvado la vida la persona que más quiero. Cada vez que hablo con ella por teléfono me doy cuenta de que la vida puede ser de otra manera. Me lo enseña, me lo dice: Que todos estos prepotentes están en este planeta para darnos un espectáculo dantesco y patético y así podamos aprender a vivir la vida de una determinada manera. Aprender de su cochambre y su porquería. Aprender que su prepotencia y su estupidez son las señales de un camino que no debemos, que no queremos recorrer.


La vida es maravillosa. La vida está llena de gente dulce, trabajadora, buena y humilde. Lo aprendí de quien más quiero. De su familia, y de la mía. El resto son nuestro espectáculo patético de cada día. Vivo en ese espectáculo y me río de él. A mandíbula batiente.





lunes, 27 de agosto de 2007

De Los Pájaros de Barro

Reconozco que tengo asignaturas pendientes con la vida. Una de ellas es visitar Andalucía. La culpa la tiene Gala y lo bien que me la pintó en un libro suyo titulado "Andaluz". Las lecturas de la veintena se integran en el alma. Benditos los tiempos en que lo que leías te influía tanto. Adoré a Gala casi tanto como ahora lo vitupero. Cosas de la vida. No hay amores eternos. Lo cual asusta un poco.

Venía al trabajo con pocas ganas hoy. La verdad es que ninguna. Agosto se nos ha descolgado como un mal mes de verano. No me quejo, pero la tarde de ayer me recordó excesivamente al otoño. Con la desidia general de una tarde de domingo todavía metida en el alma desdibujo un lunes demasiado cautivo de sensaciones pendientes.

Ayer durante un buen rato deseé lo que dice la canción de Manolo García "Pájaros de Barro". Arrastrarme a playas desiertas de luz pura y perpétua. Volver a escuchar el viento soplar, hacer y crear pájaros de arcilla y echárlos a volar. Una canción que evoca los momentos de soledad, los momentos de paz.

Hoy hago pájaros de barro -aunque sea mentalmente- y los echo a volar. Vuelan hacia mis asignaturas pendientes. Es cierto, es cierto. En los vértices del tiempo anidan los sentimientos. Las nostalgias tontas y absurdas de quien pierde vida por los cuatro costados. Los mismos sentimientos que me inundan hoy cuando veo pasar la vida como un tren expreso a ninguna parte. Desde hace tres años mi vida es una vida completa y hermosa. Pero no sé a dónde me lleva. Y me da miedo. De vez en cuando es necesario volver a esos instantes. Cuando no tengo barca, remos ni guitarra. Cuando ya no canta el ruiseñor de la mañana.


Por si el tiempo me arrastra
a playas desiertas,
hoy cierro yo el libro
de las horas muertas.
Hago pájaros de barro.
Hago pájaros de barro y los hecho a volar.
Por si el tiempo me arrastra
a playas desiertas,
hoy rechazo la bajeza
del abandono y la pena.
Ni una página en blanco más.
Siento el asombro de un transeúnte solitario.
En los mapas me pierdo.
Por sus hojas navego.
Ahora sopla el viento,
cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
Ya no subo la cuesta
que me lleva a tu casa.
Ya no duerme mi perro junto a tu candela.
En los vértices del tiempo anidan los sentimientos.
Hoy son pájaros de barro que quieren volar.
En los valles me pierdo,
en las carreteras duermo.
Ahora sopla el viento.
Cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
Cuando no tengo barca, remos ni guitarra.
Cuando ya no canta el ruiseñor de la mañana.
Ahora sopla el viento.
Cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
En los valles me pierdo,
en las carreteras duermo.

jueves, 26 de julio de 2007

Prevaricadores nuestros de cada día...

No me refiero a jueces. Entiéndaseme bien. Yo me rei muchísimo el día que -dentro de los pocos rudimentos que tengo sobre derecho- me explicaron qué significaba eso de prevaricar. Dicta la memoria que prevaricar es dictar una sentencia injusta a sabiendas de que lo és. Y recuerda también la memoria lo que pensó este que escribe en ese momento. "Vaya chorrada, yo a eso le llamo ser un cabronazo"

Pero lo de prevaricar se puede adjuntar a más de una faceta de la vida. De hecho en nuestras vidas tenemos sobrados ejemplos de lo que és ser un prevaricador dia y noche y a todas las horas posibles. Me explico: esa gente que nos hace la vida un poquito más insoportable a sabiendas de que son injustos con nosotros.

Puedes sentir su hedor en el trabajo, en el bar de la esquina, en la cola de la pescadería o de la panadería. Son los tipicos bordes que siempre se ceban en el más debil o en quien no les planta cara. Son injustos a sabiendas, hipócritas a sabiendas, cabronazos a sabiendas...

Tengo en mi vida cotidiana demasiados ejemplos de mis prevaricadores favoritos. En el trabajo tengo algún que otro lapa que quiere reventarte si es posible, también algún vecino con mala baba, peor educación y nefasto sentido de la vecindad.
Quizá algún día nos cansemos de ellos a las primeras de cambio. Y quizá algún día debamos darles a los prevaricadores lo que se merecen, que es nuestro desprecio. Adivino que detrás de todos ellos no hay mas que un atajo de cobardes que se nutren de nuestras buenas intenciones. Y no hay más. Plantarles cara es lo único que nos queda.

miércoles, 18 de julio de 2007

Alrededor de la nostalgia (2ª Parte)

A veces me despierto. Ella lo nota. Se queda acurrucada en la cama y se deja estar, adormilada, intentando una reentrada en el mundo de los sueños. La hora del desvelo siempre ronda las cinco de la mañana, media hora arriba, media hora abajo. Achaco eso y todo lo demás al cansancio que últimamente puebla nuestras vidas. Me despierto últimamente con el peso de la nostalgia en el corazón. Pero me gusta. Es una sensación enormemente placentera. Me sienta bien, como un vino con solera, fugaz y sabroso. Lo paladeo con la nostalgia de quien ha bebido de botellas de sabor único e inconfundible.

De vez en cuando camino en un sueño. El diorama es el de siempre: esa zona de mi ciudad que realmente no es mi zona. Me veo en el Calvario.. Me veo con dieciséis, con diecisiete años recién cumplidos. Me veo bien, con mucho más pelo, todavía vestido como nos vestíamos entonces. Y veo sus caras, las caras de aquellos que me acompañaron en aquellos años tan hermosos. Veo Jose Pena, tan limpio, gordito, elástico, saltón, fiel y noble como siempre. Lo recuerdo y me viene su voz. La noto aquí, en el pecho, como si fuese mi propio latido. Veo a mi primer amor, con sus ojos verdes tan limpios y hermosos, tan hermosos y dolorosos. Me palpita un poco, un poco solo, más deprisa el corazón y el alma parece querer encogerse un momento. Pero ya no lo hace.

Los amigos. Los veo claramente, diáfanos claros, como un viaje en el tiempo. Los recuerdo a todos esperando en el semáforo. Daniel Jiménez rie y se carcajea, Kiko hace el payaso, con alguna broma de tipo sexual por el medio, como no. Gerson luce melena al viento mientas tararea una canción que aprendió a tocar ayer. Franchesco habla y maldice sobre salir juntos. Pereira tiene su larga melena de rizos al viento. David se acercó hasta el instituto para vernos a todos, al igual que Kevin, que ha salido de casa para saludar. Los veo como lo que fueron . Los chicos limpios, puros, con líneas tan visibles y definidas que nadie me creería. No es un sueño. Pienso que no es un sueño. Que finalmente logré soltar el lastre del paso de los años y puedo viajar en el tiempo. Que finalmente puedo escoger donde voy y donde vengo y en qué época de mi vida puedo estar y puedo ver. Me asaltan los rostros de Nacho, de Chema, de Miguel, de Mandy, de Rosa, Paula, Carmen, Bea, Raquel. Me va a matar esta nostalgia. Me matará. Pero me gusta. La siento dentro como algo mío e intransferible. Algo propio.

Pero sé que me engaño y no es verdad. Sé que me engaño. Y es pena que me pesa en el pecho y me hace crecer la humedad de los ojos.

Noto el sabor del primer café express que me tomé en el Lucky. Lo recuerdo como si fuese ayer, acompañado de Fran Carraledo, como el sabor del primer cigarrillo de tabaco negro que me dio uno de mis compañeros –ya ido, ya muerto con tan solo 25 años- justo cuando el corazón me fallaba porque pensaba erróneamente que ya nunca más nadie me amaría. Y escribo esto y me doy cuenta de que no había pensando en él desde hace años. Quiero suponer. Supongo que nos encontraremos en alguna otra parte. Que en algún otro lapso de tiempo, en algún otro lugar tendremos otro cigarrillo de tabaco negro a medias.

De pronto el diorama cambia y me veo en una isla, con un faro al fondo iluminando una noche de verano. Veo una playa desierta, los reflejos de la costa allá a lo lejos. Noto el sabor de la sangre en la boca. Y el pensamiento de que todo forma parte de mi . De que yo formo parte de todo. De que todo es parte de mi vida. Noto caer las lágrimas. Ruedan libres, únicas, limpias y purificadoras. Los haces de luz del faro se convierten en reflejos en el espejo de la noche. Y sé lo que ya sé ahora. Que ya nunca nada de eso volverá. Sabiendo que no seré nunca más quien fui. Que los perdí a todos en un lapso del tiempo. Que en ese lapso me acompañaron y que luego se fueron en el mismo breve tiempo en que volvieron.

Entonces me despierto. Ella lo nota. Se queda acurrucada en la cama y se deja estar, adormilada, intentando una reentrada en el mundo de los sueños. La veo y siento envidia. Me pregunta si he tenido un mal sueño. Y le digo que no, que era un sueño precioso. O casi, porque realmente ella no estaba. Y es que sin ella todo me parece vacío

Nos dormimos nuevamente, abrazados. Ella duerme plácidamente. Yo también, aunque con los ojos húmedos.

Alrededor de la nostalgia (1ª Parte)

Los vi crecer.
Eran casi adolescentes cuando los conocí. Acababan de encontrar a Miguel Ángel Blanco con dos balas en la cabeza en el fondo de un barranco y yo bajé con Poly hasta la abadía de Santos a tomar una cerveza. Y esa fue la antesala a un tiempo en el que ellos estan omnipresentes. Son mis niños, mis amigos, mis chavales, mi buena gente. Los he visto crecer en el tiempo. Los he visto madurar y hacerse grandes. Yo desde mis 25 recién cumplidos y ellos desde aquellos 20 años recién estrenados nos juntamos en un espacio y en un tiempo. Pienso en ellos siempre. Casi a cada hora. A cada instante. En qué estarán haciendo, por dónde andarán y cuales son y serán sus tribulaciones.
Recuerdo perfectamente a Jaime, en aquel momento, cuando me dirigió la palabra por primera vez. Es mi tesoro en la memoria. Iba todo guapo y elegante y jugaba con Pascual en la máquina de Dardos. Jaime, siempre Jaime. El pegamento y la esencia de todos. No podría entender nada sin él. Lo veo todavía. Siento el aroma de una tarde de Julio, en la terraza de su casa, mirando a través de un desvencijado teodolito ponerse el sol sobre la ciudad. El niño: mi niño grande de casi dos metros. Los dias dulces de excursión a Noia, el olor de los veranos por vivir juntos. Las noches de farra inconclusa. Su cara de niño y su cuerpo de hombre. Y todavía lo oigo, como en sueños algunas veces. Y lo siento junto a mi. Como el día en que lo conocí. El día en que me abrió su corazón. El día en que murió ese recuerdo poblaba mi memoria. Las lágrimas que vertí por él en una isla en el mediterráneo, tenían el aroma de ese instante. Pienso en él todos los días. Te quiero siempre y siempre te querré, viejo amigo.
Y a Pascu... como no. Pascu y su manera de ser tan extraordinaria y cristalina. Esa sencillez y humildad rotunda y esa introspección mágica que proyecta sobre todo lo que le rodea. Cómo ha crecido, como se ha abierto a la vida, como se enamoró en aquellas noches de desenfreno en Samil. Lo vi bailar en su boda, de los brazos de Adela, mi amiga Adela, mi querida Ade, la que ama los perrillos, los niños, las cosas lindas de la vida. Los vi juntos, felices, por siempre, para siempre en la noche de su boda. Y pensé en cuántas veces soñé con verlos así. Ella estaba más hermosa que nunca. Ya lo sé... sé que es dificil que esté más linda... pero lo estaba. El tan elegante y serio, y tan nervioso y dulce con ella. Se habían madurado juntos. Uno dejó de ser el chico del Diana, el chico tímido y reservado, a veces extraño y otras huraño. Y ella dejó de ser la chica pequeña, melosa y un poco nerviosilla para convertirse en esa maravillosa dualidad que son ahora. Los veo. Son maravillosos. Son parte de mi vida. Los ví bailar juntos, en un mar de pañuelos. El la besaba a ella . Y en ese instante fui intensamente feliz.
Y Dani y Mar. Mi enamorado y mi enamorada. Mi hermano menor y mayor . Mi amiga oculta y mi alma cómplice en muchas ocasiones. Que se casaron en Septiembre. Que yo estaba allí. Que yo lo ví como si fuese una visión de la juventud hecha realidad. El chico de la moto de cross azul y la chica que acababa de sacar el carnet. El niño guapo del Clio rojo . El amigo. El niño grandisimo que llora a las primeras de cambio. Allí, desfilando por la iglesia. Como la realización de algo anunciado. Como algo que deseé. Como algo que se constataba. Y parte de mi iba con ellos. Pero no lo saben.
Y María, como no. La chiquilla tímida e inocente. Que pasó de estudiar empresariales y de escuchar canciones de la noche a la mañana a trabajar en un banco. Como toda una mujer ejecutiva me habla de hipotecas, de gastos, de fondos de inversión, y se lía con un chico. De la noche a la mañana, como quien dice. La miro a los ojos y veo la niña que todavía fue. La chiquilla que a los diecinueve años escuchaba atentamente las canciones que Juan Vilas y yo le cantabamos a la luz de las velas en la abadía. Se me hizo mayor de pronto. Se me hizo mujer y una parte de todo ello me perdí.
Mi linda MaryJoe. La victima inesperada de mis bromas más crueles y mis cariños más sinceros. La niña que no quiere ser mujer. La mujer que no quiere dejar de ser niña. La independiente, la fuerte. Que si la veo el alma se me llena de ternura y sueño con el día en que la vea hecha toda una mujer.
Y Freddo, Y Luz... , Y Cristina, Y Marcos... Todos ellos, todos.. son mis amigos. Los echo de menos. Los quiero a mi manera. Los añoro tanto y tanto. Los necesito. Y ellos qué poco lo saben.

martes, 17 de julio de 2007

Con los ojos todavía empapados con dolor

Lo conté, hace años ya... con los ojos todavía empapados con dolor y chorreando la sangre de la nostalgia. Yo fuí un niño que miraba atardeceres rojos por la ventana en tardes de verano.

Dicen que la felicidad es algo que sólamente se aprecia cuando ya no se tiene o cuando se ha tenído carestía de ella. No recuerdo un solo día feliz entre mis doce y mis trece años. Y la frase aunque cruel no deja de ser cierta. Ni uno. La memoria es cruel. O simplemente es algo coloreado y matizado. Recuerdo las supuestas fechas señaladas como una especie de mortuorio, como un funeral eterno, como un velatorio de meses y meses. Las navidades era siempre un querer y un no poder. La casa se adornaba pero se veía claramente que era más un deseo nuestro que una realidad llevada por mis padres. Las fiestas del colegio eran otro tanto igual. No recuerdo ni una sola ahora que mereciese la pena y que no esté teñido por el recuerdo de unas nubes negras de borrasca impropia de Mayo. Las vacaciones de verano eran un infierno jaleado por mis profesores de escuela que me suspendían en las materias más insospechadas y en las edades más absurdas. Apenas tenía amigos y los que lo eran pasaban siempre demasiado tiempo fuera. Sus padres hacían viajes, excursiones, salidas a múltiples sitios. Los míos, prácticamente, eran muebles de sus negocios y de la casa.

Recuerdo los malos momentos que vivíamos en casa. Mi madre trabajaba en un negocio nada próspero demasiadas horas. Muchas más de las que le pagaban y muchas más de las que debía. Mi padre era un fantasma acosado por el paro que deambulaba por casa o por el negocio de mi madre. Y su presencia siempre era más temible y acosadora que otra cosa. Sus frustraciones e impotencia hablaban por él. Es curioso, ahora, con los años y con la necesidad de ser padre acechando en cada gesto infantil que veo, no me puedo imaginar un padre mejor. O al menos es un espejo en el que, aunque no me quiero ver, su azogue me resulta demasiado familiar. La tienda en el puerto era un especie de calvario que se comía demasiadas de mis horas y de las horas de mis padres. Y aunque la bicicleta estaba bien y en mi ahora vieja "akimoto" -mi bici de ruedas azules- yo era una especie de caballo desbocado en busca de aventuras los límites de mi escapada era demasiado limitados.

Me gustaban, eso si, los barcos. Recuerdo que podia quedarme horas embobado mirando los remolcadores con sus estelas de espumas en las maniobras. O contemplando como desatracaban los grandes buques, los cargueros, los petroleros, gaseros. De vez en cuando, alguno de los guardamuelles que tenían su caseta cerca de las tiendas, me dejaba pasar al interior del muelle de trasatlánticos. Y allí amarrados estaban los cableros, los buques más grandes, los trasatlánticos, los de la armada cuando atracaban en puerto. Y si no había barcos, estaba el mar, y el Sol. Y la promesa de que algún día todo aquello quedaría lejos, muy lejos. Que todas las tristezas saldrían volando. O quizás yo mismo. Quizás yo mismo saliese navegando en ese mar. Lo pienso con la solera de los años y lo veo claro: Todos esos dioramas refrescaban una existencia demasiado sombría, demasiado acuciada por sombras dondequiera que se mirase.

En medio de toda la tristeza provocada por un colegio hipócrita, por una familia complicada, y por un hermano distante recuerdo un oasis de tres años. Recuerdo que dejé el colegio hipócrita, y el primer verano después de aquello, fue uno de los que mejor recuerdo tienen en mi memoria de niño. Me distancié un poco de la familia y descubrí por mi mismo que no necesitaba supuestos líderes en mi vida. Que era mejor estar sólo que mal acompañado o sólo o acomplejado. Descubrí la vieja -no tan vieja, si lo pienso- máquina de escribir que había comprado mi padre. Y en ella empecé a dibujar con letras los primeros cuentos. Me había hecho mayor de repente. Miraba por la ventana, iluminada y coloreada por un sol rojo como un tomate que se deslizaba detrás de esa mole que es el ayuntamiento. Veía a los muchachos jóvenes con sus motos, paseando las chicas. Los imaginé en un bar de la playa, a la viva imagen de unos Marlon Brando del tres al cuarto. Todo era de color vívido y resaltante. (Pasarían muchos años para que volviese a revivir aquella sensación. Y entonces sería en una isla en el mediterráneo.) Me sentaba en el alfeizar y veía deslizarse el sol y llegar la noche y las estrellas en un cielo de un color tan puro que jamás pensé que existiese. Es cierto: la felicidad tiene colores y formas. Una de ellas es la de un chico de catorce años que mira a través de la ventana ponerse el sol de un color rojo como un tomate, que tiene en la mesa del salón una vieja máquina olimpia de color blanco. Y tiene también un montón de folios blancos inmaculados perfectamente ordenados justo al lado. Porque aquel chiquillo que tenía catorce años no entendía de ordenadores y cosas parecidas. Entendía de cuentos escritos en una vieja máquina de escribir . Y pensaba que era tan feliz que jamás volvería a serlo de la misma forma. Quizás sea verdad. Acaso esté equivocado.