C O R D U R A

Cordura:Estado psíquico de la persona que tiene la mente sana y no padece ningún trastorno o enfermedad mental.

I N S T A N T E

Instante: Período de tiempo muy breve, casi imperceptible.

UN BREVE INSTANTE DE CORDURA

Un paseo de la mano de la introspección y la reflexión sobre la locura de la vida moderna.

oTrOs lO dIcEN

Do you still believe in fairy tales, in battlements of shining castles, Safe from the dragons that lie beneath the hill?

La Bitácora personal...

De un soñador de Bits en Pijama

jueves, 26 de julio de 2007

Prevaricadores nuestros de cada día...

No me refiero a jueces. Entiéndaseme bien. Yo me rei muchísimo el día que -dentro de los pocos rudimentos que tengo sobre derecho- me explicaron qué significaba eso de prevaricar. Dicta la memoria que prevaricar es dictar una sentencia injusta a sabiendas de que lo és. Y recuerda también la memoria lo que pensó este que escribe en ese momento. "Vaya chorrada, yo a eso le llamo ser un cabronazo"

Pero lo de prevaricar se puede adjuntar a más de una faceta de la vida. De hecho en nuestras vidas tenemos sobrados ejemplos de lo que és ser un prevaricador dia y noche y a todas las horas posibles. Me explico: esa gente que nos hace la vida un poquito más insoportable a sabiendas de que son injustos con nosotros.

Puedes sentir su hedor en el trabajo, en el bar de la esquina, en la cola de la pescadería o de la panadería. Son los tipicos bordes que siempre se ceban en el más debil o en quien no les planta cara. Son injustos a sabiendas, hipócritas a sabiendas, cabronazos a sabiendas...

Tengo en mi vida cotidiana demasiados ejemplos de mis prevaricadores favoritos. En el trabajo tengo algún que otro lapa que quiere reventarte si es posible, también algún vecino con mala baba, peor educación y nefasto sentido de la vecindad.
Quizá algún día nos cansemos de ellos a las primeras de cambio. Y quizá algún día debamos darles a los prevaricadores lo que se merecen, que es nuestro desprecio. Adivino que detrás de todos ellos no hay mas que un atajo de cobardes que se nutren de nuestras buenas intenciones. Y no hay más. Plantarles cara es lo único que nos queda.

miércoles, 18 de julio de 2007

Alrededor de la nostalgia (2ª Parte)

A veces me despierto. Ella lo nota. Se queda acurrucada en la cama y se deja estar, adormilada, intentando una reentrada en el mundo de los sueños. La hora del desvelo siempre ronda las cinco de la mañana, media hora arriba, media hora abajo. Achaco eso y todo lo demás al cansancio que últimamente puebla nuestras vidas. Me despierto últimamente con el peso de la nostalgia en el corazón. Pero me gusta. Es una sensación enormemente placentera. Me sienta bien, como un vino con solera, fugaz y sabroso. Lo paladeo con la nostalgia de quien ha bebido de botellas de sabor único e inconfundible.

De vez en cuando camino en un sueño. El diorama es el de siempre: esa zona de mi ciudad que realmente no es mi zona. Me veo en el Calvario.. Me veo con dieciséis, con diecisiete años recién cumplidos. Me veo bien, con mucho más pelo, todavía vestido como nos vestíamos entonces. Y veo sus caras, las caras de aquellos que me acompañaron en aquellos años tan hermosos. Veo Jose Pena, tan limpio, gordito, elástico, saltón, fiel y noble como siempre. Lo recuerdo y me viene su voz. La noto aquí, en el pecho, como si fuese mi propio latido. Veo a mi primer amor, con sus ojos verdes tan limpios y hermosos, tan hermosos y dolorosos. Me palpita un poco, un poco solo, más deprisa el corazón y el alma parece querer encogerse un momento. Pero ya no lo hace.

Los amigos. Los veo claramente, diáfanos claros, como un viaje en el tiempo. Los recuerdo a todos esperando en el semáforo. Daniel Jiménez rie y se carcajea, Kiko hace el payaso, con alguna broma de tipo sexual por el medio, como no. Gerson luce melena al viento mientas tararea una canción que aprendió a tocar ayer. Franchesco habla y maldice sobre salir juntos. Pereira tiene su larga melena de rizos al viento. David se acercó hasta el instituto para vernos a todos, al igual que Kevin, que ha salido de casa para saludar. Los veo como lo que fueron . Los chicos limpios, puros, con líneas tan visibles y definidas que nadie me creería. No es un sueño. Pienso que no es un sueño. Que finalmente logré soltar el lastre del paso de los años y puedo viajar en el tiempo. Que finalmente puedo escoger donde voy y donde vengo y en qué época de mi vida puedo estar y puedo ver. Me asaltan los rostros de Nacho, de Chema, de Miguel, de Mandy, de Rosa, Paula, Carmen, Bea, Raquel. Me va a matar esta nostalgia. Me matará. Pero me gusta. La siento dentro como algo mío e intransferible. Algo propio.

Pero sé que me engaño y no es verdad. Sé que me engaño. Y es pena que me pesa en el pecho y me hace crecer la humedad de los ojos.

Noto el sabor del primer café express que me tomé en el Lucky. Lo recuerdo como si fuese ayer, acompañado de Fran Carraledo, como el sabor del primer cigarrillo de tabaco negro que me dio uno de mis compañeros –ya ido, ya muerto con tan solo 25 años- justo cuando el corazón me fallaba porque pensaba erróneamente que ya nunca más nadie me amaría. Y escribo esto y me doy cuenta de que no había pensando en él desde hace años. Quiero suponer. Supongo que nos encontraremos en alguna otra parte. Que en algún otro lapso de tiempo, en algún otro lugar tendremos otro cigarrillo de tabaco negro a medias.

De pronto el diorama cambia y me veo en una isla, con un faro al fondo iluminando una noche de verano. Veo una playa desierta, los reflejos de la costa allá a lo lejos. Noto el sabor de la sangre en la boca. Y el pensamiento de que todo forma parte de mi . De que yo formo parte de todo. De que todo es parte de mi vida. Noto caer las lágrimas. Ruedan libres, únicas, limpias y purificadoras. Los haces de luz del faro se convierten en reflejos en el espejo de la noche. Y sé lo que ya sé ahora. Que ya nunca nada de eso volverá. Sabiendo que no seré nunca más quien fui. Que los perdí a todos en un lapso del tiempo. Que en ese lapso me acompañaron y que luego se fueron en el mismo breve tiempo en que volvieron.

Entonces me despierto. Ella lo nota. Se queda acurrucada en la cama y se deja estar, adormilada, intentando una reentrada en el mundo de los sueños. La veo y siento envidia. Me pregunta si he tenido un mal sueño. Y le digo que no, que era un sueño precioso. O casi, porque realmente ella no estaba. Y es que sin ella todo me parece vacío

Nos dormimos nuevamente, abrazados. Ella duerme plácidamente. Yo también, aunque con los ojos húmedos.

Alrededor de la nostalgia (1ª Parte)

Los vi crecer.
Eran casi adolescentes cuando los conocí. Acababan de encontrar a Miguel Ángel Blanco con dos balas en la cabeza en el fondo de un barranco y yo bajé con Poly hasta la abadía de Santos a tomar una cerveza. Y esa fue la antesala a un tiempo en el que ellos estan omnipresentes. Son mis niños, mis amigos, mis chavales, mi buena gente. Los he visto crecer en el tiempo. Los he visto madurar y hacerse grandes. Yo desde mis 25 recién cumplidos y ellos desde aquellos 20 años recién estrenados nos juntamos en un espacio y en un tiempo. Pienso en ellos siempre. Casi a cada hora. A cada instante. En qué estarán haciendo, por dónde andarán y cuales son y serán sus tribulaciones.
Recuerdo perfectamente a Jaime, en aquel momento, cuando me dirigió la palabra por primera vez. Es mi tesoro en la memoria. Iba todo guapo y elegante y jugaba con Pascual en la máquina de Dardos. Jaime, siempre Jaime. El pegamento y la esencia de todos. No podría entender nada sin él. Lo veo todavía. Siento el aroma de una tarde de Julio, en la terraza de su casa, mirando a través de un desvencijado teodolito ponerse el sol sobre la ciudad. El niño: mi niño grande de casi dos metros. Los dias dulces de excursión a Noia, el olor de los veranos por vivir juntos. Las noches de farra inconclusa. Su cara de niño y su cuerpo de hombre. Y todavía lo oigo, como en sueños algunas veces. Y lo siento junto a mi. Como el día en que lo conocí. El día en que me abrió su corazón. El día en que murió ese recuerdo poblaba mi memoria. Las lágrimas que vertí por él en una isla en el mediterráneo, tenían el aroma de ese instante. Pienso en él todos los días. Te quiero siempre y siempre te querré, viejo amigo.
Y a Pascu... como no. Pascu y su manera de ser tan extraordinaria y cristalina. Esa sencillez y humildad rotunda y esa introspección mágica que proyecta sobre todo lo que le rodea. Cómo ha crecido, como se ha abierto a la vida, como se enamoró en aquellas noches de desenfreno en Samil. Lo vi bailar en su boda, de los brazos de Adela, mi amiga Adela, mi querida Ade, la que ama los perrillos, los niños, las cosas lindas de la vida. Los vi juntos, felices, por siempre, para siempre en la noche de su boda. Y pensé en cuántas veces soñé con verlos así. Ella estaba más hermosa que nunca. Ya lo sé... sé que es dificil que esté más linda... pero lo estaba. El tan elegante y serio, y tan nervioso y dulce con ella. Se habían madurado juntos. Uno dejó de ser el chico del Diana, el chico tímido y reservado, a veces extraño y otras huraño. Y ella dejó de ser la chica pequeña, melosa y un poco nerviosilla para convertirse en esa maravillosa dualidad que son ahora. Los veo. Son maravillosos. Son parte de mi vida. Los ví bailar juntos, en un mar de pañuelos. El la besaba a ella . Y en ese instante fui intensamente feliz.
Y Dani y Mar. Mi enamorado y mi enamorada. Mi hermano menor y mayor . Mi amiga oculta y mi alma cómplice en muchas ocasiones. Que se casaron en Septiembre. Que yo estaba allí. Que yo lo ví como si fuese una visión de la juventud hecha realidad. El chico de la moto de cross azul y la chica que acababa de sacar el carnet. El niño guapo del Clio rojo . El amigo. El niño grandisimo que llora a las primeras de cambio. Allí, desfilando por la iglesia. Como la realización de algo anunciado. Como algo que deseé. Como algo que se constataba. Y parte de mi iba con ellos. Pero no lo saben.
Y María, como no. La chiquilla tímida e inocente. Que pasó de estudiar empresariales y de escuchar canciones de la noche a la mañana a trabajar en un banco. Como toda una mujer ejecutiva me habla de hipotecas, de gastos, de fondos de inversión, y se lía con un chico. De la noche a la mañana, como quien dice. La miro a los ojos y veo la niña que todavía fue. La chiquilla que a los diecinueve años escuchaba atentamente las canciones que Juan Vilas y yo le cantabamos a la luz de las velas en la abadía. Se me hizo mayor de pronto. Se me hizo mujer y una parte de todo ello me perdí.
Mi linda MaryJoe. La victima inesperada de mis bromas más crueles y mis cariños más sinceros. La niña que no quiere ser mujer. La mujer que no quiere dejar de ser niña. La independiente, la fuerte. Que si la veo el alma se me llena de ternura y sueño con el día en que la vea hecha toda una mujer.
Y Freddo, Y Luz... , Y Cristina, Y Marcos... Todos ellos, todos.. son mis amigos. Los echo de menos. Los quiero a mi manera. Los añoro tanto y tanto. Los necesito. Y ellos qué poco lo saben.

martes, 17 de julio de 2007

Con los ojos todavía empapados con dolor

Lo conté, hace años ya... con los ojos todavía empapados con dolor y chorreando la sangre de la nostalgia. Yo fuí un niño que miraba atardeceres rojos por la ventana en tardes de verano.

Dicen que la felicidad es algo que sólamente se aprecia cuando ya no se tiene o cuando se ha tenído carestía de ella. No recuerdo un solo día feliz entre mis doce y mis trece años. Y la frase aunque cruel no deja de ser cierta. Ni uno. La memoria es cruel. O simplemente es algo coloreado y matizado. Recuerdo las supuestas fechas señaladas como una especie de mortuorio, como un funeral eterno, como un velatorio de meses y meses. Las navidades era siempre un querer y un no poder. La casa se adornaba pero se veía claramente que era más un deseo nuestro que una realidad llevada por mis padres. Las fiestas del colegio eran otro tanto igual. No recuerdo ni una sola ahora que mereciese la pena y que no esté teñido por el recuerdo de unas nubes negras de borrasca impropia de Mayo. Las vacaciones de verano eran un infierno jaleado por mis profesores de escuela que me suspendían en las materias más insospechadas y en las edades más absurdas. Apenas tenía amigos y los que lo eran pasaban siempre demasiado tiempo fuera. Sus padres hacían viajes, excursiones, salidas a múltiples sitios. Los míos, prácticamente, eran muebles de sus negocios y de la casa.

Recuerdo los malos momentos que vivíamos en casa. Mi madre trabajaba en un negocio nada próspero demasiadas horas. Muchas más de las que le pagaban y muchas más de las que debía. Mi padre era un fantasma acosado por el paro que deambulaba por casa o por el negocio de mi madre. Y su presencia siempre era más temible y acosadora que otra cosa. Sus frustraciones e impotencia hablaban por él. Es curioso, ahora, con los años y con la necesidad de ser padre acechando en cada gesto infantil que veo, no me puedo imaginar un padre mejor. O al menos es un espejo en el que, aunque no me quiero ver, su azogue me resulta demasiado familiar. La tienda en el puerto era un especie de calvario que se comía demasiadas de mis horas y de las horas de mis padres. Y aunque la bicicleta estaba bien y en mi ahora vieja "akimoto" -mi bici de ruedas azules- yo era una especie de caballo desbocado en busca de aventuras los límites de mi escapada era demasiado limitados.

Me gustaban, eso si, los barcos. Recuerdo que podia quedarme horas embobado mirando los remolcadores con sus estelas de espumas en las maniobras. O contemplando como desatracaban los grandes buques, los cargueros, los petroleros, gaseros. De vez en cuando, alguno de los guardamuelles que tenían su caseta cerca de las tiendas, me dejaba pasar al interior del muelle de trasatlánticos. Y allí amarrados estaban los cableros, los buques más grandes, los trasatlánticos, los de la armada cuando atracaban en puerto. Y si no había barcos, estaba el mar, y el Sol. Y la promesa de que algún día todo aquello quedaría lejos, muy lejos. Que todas las tristezas saldrían volando. O quizás yo mismo. Quizás yo mismo saliese navegando en ese mar. Lo pienso con la solera de los años y lo veo claro: Todos esos dioramas refrescaban una existencia demasiado sombría, demasiado acuciada por sombras dondequiera que se mirase.

En medio de toda la tristeza provocada por un colegio hipócrita, por una familia complicada, y por un hermano distante recuerdo un oasis de tres años. Recuerdo que dejé el colegio hipócrita, y el primer verano después de aquello, fue uno de los que mejor recuerdo tienen en mi memoria de niño. Me distancié un poco de la familia y descubrí por mi mismo que no necesitaba supuestos líderes en mi vida. Que era mejor estar sólo que mal acompañado o sólo o acomplejado. Descubrí la vieja -no tan vieja, si lo pienso- máquina de escribir que había comprado mi padre. Y en ella empecé a dibujar con letras los primeros cuentos. Me había hecho mayor de repente. Miraba por la ventana, iluminada y coloreada por un sol rojo como un tomate que se deslizaba detrás de esa mole que es el ayuntamiento. Veía a los muchachos jóvenes con sus motos, paseando las chicas. Los imaginé en un bar de la playa, a la viva imagen de unos Marlon Brando del tres al cuarto. Todo era de color vívido y resaltante. (Pasarían muchos años para que volviese a revivir aquella sensación. Y entonces sería en una isla en el mediterráneo.) Me sentaba en el alfeizar y veía deslizarse el sol y llegar la noche y las estrellas en un cielo de un color tan puro que jamás pensé que existiese. Es cierto: la felicidad tiene colores y formas. Una de ellas es la de un chico de catorce años que mira a través de la ventana ponerse el sol de un color rojo como un tomate, que tiene en la mesa del salón una vieja máquina olimpia de color blanco. Y tiene también un montón de folios blancos inmaculados perfectamente ordenados justo al lado. Porque aquel chiquillo que tenía catorce años no entendía de ordenadores y cosas parecidas. Entendía de cuentos escritos en una vieja máquina de escribir . Y pensaba que era tan feliz que jamás volvería a serlo de la misma forma. Quizás sea verdad. Acaso esté equivocado.