viernes, 10 de febrero de 2012

Tributo a los soñadores predilectos

Sucedió hace ya unos cuantos meses pero solo ahora tengo el valor de ponerlo en negro sobre blanco. Fue uno de esos momentos de concatenación intensa de emociones, sentimientos, vinculaciones y rotura de las barreras temporales. Fue uno de esos instantes que te quedan dentro, como un perfume, como una luz, como una caricia, como el brillo de un cabello flotando al trasluz de un sol de verano. Se me ha quedado aquí dentro y no me ha soltado en meses y meses. Y es tan hermoso reconocerlo que algunas veces me doy cuenta de lo frágil y extraordinariamente hermosa -según momentos, otras me trata como una desagradecida perra arrabalera-  que es la existencia.

 Fue todo ello en Madrid. Pasamos con unos amigos unos días en  la ciudad y decidimos visitar el parque de atracciones para que nuestras hijas pudiesen disfrutar del recinto, al mismo tiempo que pasábamos el día allí. Madrid estaba medio ausente por vacaciones, el día era imprópiamente cálido y agradable cuando pasamos por la taquilla de Batán. Pau estaba contenta y sonreía desde sus enormes ojos brillantes. Se le prometieron (le prometí) ver a alguno de sus cantantes infantiles favoritos, dar paseos en tren y sobre todo pasarlo bien. Que Pau tuviese dos añitos, recién cumplidos, no eximía ni exime  a un padre de cumplirle las promesas a su hija. Confieso que no he ido mucho a Madrid porque es una ciudad que no me atrae especialmente, está todo demasiado masificado, todo demasiado esquematizado, demasiado atiborrado. Estuve en ciudades más grandes y con más gente, como por ejemplo Nueva York, y no tuve nunca esa sensación de empachamiento humano. La verdad es que la entrada al parque y el propio recinto me gustó, básicamente porque no tenía esa sensación que sufrí en otros lugares de la ciudad. También a ello contribuyó que conjuntamente con mis dos niñas (la grande y la pequeña) entró por la puerta de Batán un niño pequeño. El niño que un día fui. Todo ello sin esperarlo siquiera.

Ahí apareció nuevamente el niño lindo.Transmutación milagrosa:  Fran, el niño extraño y guapo (tan, tan guapo, como decía su abuela paterna) Fue él precisamente el que se encontró con la estatua de su infantíl payaso Fofó en la entrada. Como un dolmen megalítico. Como un estatua mágica, efigie religiosa milagroa,  algo me recorrió por dentro. Hacía un millón de años que no pensaba en el personaje. Yo debía de tener cuatro o cinco años cuando murió. Codificada, secreta, anulada pero súbita apareció la escena en mi casa en la noche de su fallecimiento. "Rezad por él al papá del cielo esta noche" me dijo mi madre, mi madre de la infancia, esa que era tan creyente, tan católica, tan cariñosa. Lo hice. Con toda la fuerza y la seguridad en la fé y existencia de Dios que tiene un niño adoctrinado y aleccionado en el rito.  Creo que al día de hoy mi madre ya no reza. O por lo menos no de la misma forma en la que yo la he visto a lo largo de mi vida,  rezar tantas y tantas veces. Lo recuerdo ahora. Lo recordé en aquel momento. Como un relámpago azul que trajo la escena a mi cerebro. La estatua fue, con su evocación del payaso ya hace tiempo muerto el que me trajo al niño desde dentro.

Bajé, bajamos. el sol discurria tímido como el amante primerizo de una primavera joven y bella. Pensé que los niños mueren y quedan sus cascarones vacíos que somos los adultos. Pau miraba con la ansiedad que tienen los ojos nuevos de ver cosas. Muchas noches, cuando le leo el cuento antes de dormir, me quedo maravillado de sus ojos, esos ojos que tienen tanto y tanto que observar y ver. Súbitamente, ante mis ojos, ante sus ojos surgió la Pérgola. El famoso tiovivo del parque. Un escenario de película. Completo, entero. Con su cabina - ya ahora anulada y claveteada- pero que hasta no hace tanto daba servicio al aparato. Animales de granja, esculpidos de manera primorosa, brillos de barnices de otro tiempo, el olor de la madera noble tratada, las barras de metal forjado y trabajado como solo antes se sabían trabajar: con la maestría que es incapaz de reproducir un sistema computarizado de fabricación. Quedé asombrado. ¿como es que esto  no está en un museo? me pregunté. Era simplemente un auténtico ejercicio de artesanía del siglo XX.

  El primer viaje no fue suficiente. Paula quería más. Otra promesa para cumplir "Dentro de un rato volvemos, te lo prometo" Asintíó. Soy incapaz de fallarle en eso. Esos ojos me matarían si lo hiciese.

Habían pasado un par de horas cuando volvimos a la pérgola. El sol ya iniciaba su descenso sobre la casa de campo. Era un atardecer anarajado y colorista. Entonces me di cuenta de que ya no subía Paula sola al hermoso y maravillos aparato aquel. La pérgola se había convertido en la máquina el tiempo de George Orwell. Mientras Paula subía y bajaba emocionada en el caballito, yo mismo era el niño que vivía en el tiempo de unos padres soñadores y siempre amantes de sus hijos.  Fui el mismo al que su madre y su padre le contaron -a él y a sus hermanos-  que un día los llevarían al parque de atracciones de Madrid. Y lo soñaron en su momento, para aquellos tres niños. Y lo soñaron olvidando las dificultades económicas que pasaban. Y lo soñaron con la idea de cumplirlo. "Es  un lugar enorme, lleno de atracciones como en las ferias" "Es tan grande que tendremos que pasar el día entero allí".  Lo soñé. Lo soñé tantas veces como ellos. Lo soñé tanto y tanto metido en mi cama, tapado hasta la nariz con aquellas sábanas de colores infantiles en aquellas camas azules. Mis padres, mis soñadores predilectos. Que nos amaban tanto y tanto como para hacernos soñar con un parque, con un tiovivo en una lejana ciudad a la que nunca fuimos con ellos.

Y allí estaban mis niñas, cumpliendo la promesa. que un dia me hicieron mis padres. Mi padre, ido ya hace tanto tiempo. Mi madre, mi querida madre que siempre intentó darnos todo, hasta los sueños que sabíamos que eran casi imposibles de cumplir. Para dormirnos ilusionados, metidos cálidamente dentro de unas sábanas de franjas de colores y aislarnos de las templanzas y miserias de una vida injusta. La niña sonreia. con esos ojazos inmensos. Se reía y se reía.  con esa sonrisa y esas carcajadas que me hacen sentir que soy un hombre agraciado. Por ella.  Porque supongo que ella supo que aquel día tanto ella como yo eramos iguales. Eramos dos niños subidos, para siempre, en el Tiovivo de la infancia. El niño fue por fin al prometido parque. Ya no era un simple sueño. Por fin se cumplió la promesa.












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