domingo, 27 de enero de 2008

Barcos Varados


Nadie se libra, es cierto.

Supongo que desde hace una temporada que no puedo delimitar mi ánimo se ha ido yendo, poco a poco, al nivel del suelo. Y por ahí anda, a menos que yo esté muy equivocado. Hace un rato estaba allí abajo y quiero suponer que nada ha cambiado. Si alguien me pregunta alguna causa en concreto por la cual está mi alma sacándole lustre a mis mocasines creo que no puedo decirle una solamente. Y eso es lo que más me preocupa: que la soledad existe incluso cuando crees que no tiene asideros donde anclarse. Muerde el corazón y desgarra un poco por dentro. A veces lo veo tan claramente y otras tantas soy tan incapaz…

Evidentemente existen culpables. El estrés del trabajo, por ejemplo y la puñetera alarma social que parece que ha afectado a todo el mundo. Los plazos, las entregas y esa lucha contra ese muro de gelatina con sabor a mezquindad que es muchas veces una empresa grande. Luego, el aislamiento. Lamentablemente desde que he venido a vivir a esta ciudad no puedo decir que haya hecho muchos amigos. No tienes con quién tomar una copa, una cerveza, ver un partido de fútbol. Toda esa sedimentación sentimental, toda esa carga de amistades forjadas a través de muchos años, se ha quedado fuera del contexto de esta ciudad. Y el peso de todo ello es terrible. No encuentro mi espacio ni mi sitio. No tengo ni con quien compartir una tarde. Ni con quien programar una cena. Ni siquiera tengo tiempo para ello. Por otro lado mi odiada rutina lo ha logrado: se ha anclado en mis quehaceres diarios como una puñetera sanguijuela que me desangra. La vida transcurre entre pedidos, objetivos de ventas, citas, reuniones, pases, “brainstormings”. Es decir, casi puedo planificar y decir a ciencia cierta qué es lo que me va a pasar de un día para otro. Lo veo tan claramente tantas veces que casí podría hacerle la competencia a Mahoma. Luego está el tema de la familia, que está lejos siempre, que siempre echo de menos y que siempre acaba saturándome un poco cuando paso demasiado tiempo en su compañía. Me habré vuelto un huraño o un renegado. Algo así.

Días como estos son lo que yo llamo “días negros”. Ya desde hace una temporada que los veo venir. No he podido evitar que se colaran por la puerta. Entraron en casa y se me han llevado la alegría sin que lo haya podido evitar. Cómo ladrones.

Sé que habrá un tiempo nuevo, con días soleados y espléndidos, llenos de alegría, juegos y esperanzas para todos. Veo un amanecer o una puesta de sol, con una copa de ron en la mano y la sonrisa de la amistad a mi lado. No todo en la vida es el amor, aunque a veces lo parezca. Me quedé aislado, con la persona a la que amo, pero sólo en el fondo. Ya no hay amigos, ni tiempo libre, ni posibilidad de compartir una noche de cervezas y risas. Todo se transformó. Hay días en que el alma se parece a un barco varado en una playa. Un artefacto hecho para navegar pero perdido y anclado en la arena, la antítesis del propio mar. Que nadie piense lo contrario. si el alma de la gente puede compararse con un barco, sin duda alguna mi barco está varado desde hace unos días. Esperemos que llegue una ola y lo ponga de nuevo a navegar. Es cierto, pienso. Hay muchas clases de soledad. Algunas son muy amargas.

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