jueves, 5 de agosto de 2010

Legado de un hombre Bueno

Sobre el fondo de mi escritorio reposa una imagen del planeta tierra. Flota entre mis iconos, en una noche triste de verano. A veces me imagino a mi mismo flotando a través del tiempo y del espacio, a través del universo, y esa imagen de mi planeta me hace creer que un día, cuando yo ya no esté, miraré mi casa, mis niñas, desde esa perspectiva. Como ver la tierra desde el espacio. Hoy vuelvo a casa, pero vuelvo arrasado por dentro. Mis niñas duermen despacio, calmadas mientras desangro mis palabras delante del teclado.  Volvemos de Vigo, de casa, de dar peśames, y de sufrir en silencio la agonia de otros corazones a los que, silenciosamente, despacio, calladamente, queremos.

Pienso en mi padrino, en mi tio Celso, y la alegría asalta el alma. Su recuerdo me trae buenos tiempos, tiempos honestos. Un hombre templado y callado en lo necesario. Un hombre bueno. Pero que nadie piense que es un adjetivo suave, comedido, pensado exprofeso para quedar bien delante del publico.  Es un adjetivo ganado a pulso con la constancia de los años, con la constancia de criar seis hijos como soles, con la constancia del trabajo puro y duro.  El mundo cree, o necesita creer en líderes. Pero el mundo se equivoca. El mundo necesita de hombres silenciosos y buenos, de hombres rectos. De hombres honestos, de lo cual abunda el déficit. No necesitamos líderes. Necesitamos buena gente, gente limpia, creadora, humilde, trabajadora. Gente que te ayuda sin pedir nada a cambio. Eso en lo que este mundo, este planeta, este cascote interestelar, es perennemente carente.

De mi  padrino, que hoy descansa en una caja, que hoy me mira desde el alrededor de mi planeta, guardo tiempos y anécdotas hermosas. Lo recuerdo siempre de la misma forma, incluso siendo un niño. Callado, templado, mimoso con su mujer. Cuando todavía trabajaba con mi madre, siempre solícito y permanentemente dispuesto a hacerte cualquier tipo de favor. Lo recuerdo siempre silencioso y calmado., nada tenso, como poseedor de una sabiduría especial. Nunca le ví perder los nervios. Y entonces me doy cuenta de que sigo siendo un niño. Un niño que creció, se templó, encaneció pero un niño a fin de cuentas.  Porque con mi padrino iba al futbol. Porque gracias a él, cuando terminé de estudiar, tuve un trabajo donde finalmente me pagaban algo.  Porque tanto él como mi madrina siempre estuvieron ahí, al rescate en caso necesario.

Cuando pierdes a una persona así en tu vida, es cuando realmente te das cuenta de que la muerte también está más cerca de alcanzarte.  Me asaltan la memora mis catorece años, cuando compartíamos mesa y mantel a diario, cuando mi tio me enseñaba a sintonizar una televisión, cuando sus cinco hijos eran parte de mi vida, como hermanos, como si la sangre fuese común, que lo és.

El mundo no se sostiene gracias a las tribulaciones y decisiones de los poderosos. En general he descubierto que la camarilla infecta que nos gobierna, sea del signo político que sea, se nutre a si misma primero, y deja una pequeña parte del banquete a los demás, cuando quedan migas o migajas, para que no demos demasiado la paliza. Podríamos perfectamente vivir sin ellos. Pero sin la buena gente que se levanta a las seis de la mañana, o antes, para luchar por un mundo mejor, por ayudar a los necesitados; esa gente que se baña a diario en el honesto sudor o en el terrible estrés de un trabajo sólo por los suyos y para los suyos; esa gente como mi tio, mi padrino, que ya pasada la edad de jubilación se despertaba de madrugada para llenar una furgoneta de chavales -"venga, chaval, vamos" resuena en mi memoria-dispuestos a buzonear con publicidad media ciudad, sin esa gente brutalmente honesta y trabajadora, sin esos, sin los imprescindibles este mundo no tendría sentido. Ni podría perdurar. Ellos son los héroes de un mundo demasiado perdido.

Recuerdo un día, un Sábado. Yo manejaba la furgoneta para repartir algo de publicidad que nos había quedado pendiente. En el radio cassette de la Nissan sonaba el "Realased" de Pearl Jam y nos movíamos despacio cerca de la playa. "La vida es luchar -decía mi padrino- y no cansarse, porque siempre hay cosas bonitas por las que luchar" Probablemente tuvo más conocimiento de la vida del que yo tendré jamás. Por eso no estoy triste ahora. Porque sé que allí, en las estrellas, donde un día nos reencontraremos todos, en otro tiempo, en otras circunstancias, en otros cuerpos, en otra luz... Allí estará mi padrino esperando. Simplemente esperando, con su mirada calmada, con su corazón tranquilo. Y allí me espera, para decirme lo de siempre: "Venga, chaval, vamos"

Venga, chaval, vamos...

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