viernes, 5 de junio de 2009

UNA CONVERSACION FICTICIA


Contempló el mar desde el muelle. La marea traía el agua a la playa. Ons estaba desierta. El pueblo aparentaba vacío. Había desayunado en Acuña, con las fotografías de Julio Iglesias en diferentes poses con los dueños del local, adornando la pared. Café con leche. Es un día hermoso. Muy hermoso, se dijo. Pronto vendría el calor. Y luego bajó a la arena, mientras el pequeño faro rojo del muelle vigilaba sus pasos.

Allí lo vio y pensó que era un espejismo. Luego recapacitó. Un instante nada más. Lo asumió en un lapso breve. En realidad estaba en la cama, echado hacia la derecha, como siempre, sujetando las piernas de su amor con las suyas. Y todo esto no era real. Si él estaba allí, es que no podía serlo, puesto que ya hacía años, muchos años, que se había marchado para no volver jamás. Lo entendió, no había espacio para la angustia o la irrealidad. Perfecto: estaba soñando. Era un sueño. Vívido, inusualmente vívido y coherente hasta ese momento. Notó el sabor del café en la boca, el sol en la piel, la brisa del mar. Caramba con mis sueños, se dijo. Un sueño multimedia, multiforma. Está bien, se dijo, ya que es un sueño, veamos hacia donde va. La luz del cielo se volvió irreal. Oníricamente correcto, pensó.

Su imagen era tan vívida y real que casi asustaba. Entonces se dio cuenta de que siempre lo recordaba así.. Sus zapatos negros enterrados en la arena hasta la mitad. Su Jersey blanco de rayas azules. Y su escaso pelo negro, con alguna cana entreverada. Su cara de niño grande, sus piernas extraña metidas en su pantalón negro gastado. Sus perpetuos cincuenta y cuatro años. Contemplaba el mar. Con aire distraído, pero a la vez completamente consciente de la presencia del otro. Se sentó a su lado. Hasta la arena era prácticamente perfecta. Debo tener un cerebro privilegiado para estas cosas, pensó. Seguro. El otro dijo hola, con una voz demasiado conocida. Era curioso: como el cerebro podía recordar una voz desaparecida hacía 14 años.


-Siempre parece que estamos condenados a vernos en una playa, le dijo. Recuerdo que cuando era niño los mejores momentos que recuerdo contigo eran precisamente los que pasabamos aquí.


-Es cierto, respondió –y su voz sonó de nuevo extrañamente familiar- parece que las playas son los sitios que escogemos para vernos. Recuerda a Manrique con sus analogías. Seguramente es que la playa es el único sitio a la orilla de tu mundo y el mío.


Se quedó mudo con la frase. El hombre le sonrió. Era una sonrisa velada y triste.

-¿Todo bien?


-Si. Se me hace extraño verte.


-A mi también. También se me hace extraño verte a ti y en lo que has cambiado desde que te dejé. Pensé que no tenías sueños, futuro o salida. Y resulta que ahora te veo con una familia formada, con hija, con mujer… y vives en otro lugar distinto. Demasiados cambios para mi. Pero me gusta verte así, con las ideas más claras.


-Demasiados cambios es lo que pienso algunas veces. Pero de ellos aprendí lo mucho que habíais trabajado los dos por nosotros. Lo mucho que sufristeis, lo mucho que nos queríais. La enorme diferencia entre tu tiempo y el mío. Ahora que todo parece más fácil, más sencillo.



-Tu tiempo no se diferencia demasiado del que yo viví. Por aquel entonces, todo parecía encasillado. Había un tiempo para cada cosa. Cada cosa con su tiempo. Un hijo no era algo deseado, era una consecuencia normal de un matrimonio. Y no existía otra forma de vida que la del matrimonio. Vuestras elecciones ahora son más libres. No hay inercias.


Pasó una gaviota, volando, como en la canción de Silvio Rodriguez. Y pensó que su sueño tenía hasta pájaros enormemente reales. A lo lejos un barquito cabeceaba entre las ondas. Un barquito de cáscara de nuez, adornado con velas de papel, cantó en su mente.. El otro se le quedó mirando a los ojos, y luego le dijo:


-Esa te la he cantado yo a ti muchas veces.

Lee el pensamiento, se dijo. Es normal, es un sueño. Que pena. Hacía tanto tiempo que no lo veía y se marchará en breve.


-Eras un niño muy lindo. Una preciosidad. Te dejábamos el pelo largo, tal y como se llevaba a principios de los ochenta para verte con tus melenas al viento. Cuando corrías te flotaba. Te rebotaba. ¿te acuerdas?


-Ya no me acuerdo de cuando tenía pelo, dijo el otro. No me imagino con él.


Tocó su cabeza y la encontró lisa, afeitada, suave. No recuerdo haberme afeitado la cabeza, se dijo. Ah, es verdad. Es un sueño.

El hombre de los cincuenta y cuatro perpétuos se levantó. Soltó un suspiro.


-Me alegro de haber hablado contigo. Me alegra haberte visto. Cuida de todos. Cuida de los tuyos. Cuídate tu. No permitas que nada os separe antes de tiempo. Hoy te traigo este mensaje. Sé tu mismo. Ama a los tuyos. Como yo os cuidé, todo lo que pude, en su tiempo.

El otro se puso de pié. Una voz de mujer lo llamó a lo lejos, en el muelle. Era ella, con el bebé en brazos. Espera, le dijo al otro, y de paso te la presento. El hombre sonrió tristemente. El otro subió desde la playa, corriendo hacia la mujer. Quien era ese hombre. Se volvió y ya no estaba. En el mar había unas ondas sospechosas. De pronto sintió como si subiese a un tobogán, hubo un destello y se encontró en la cama.

Ella dormía a su lado. El bebé, haciendo pequeños suspiros, soñaba cómodamente en la cuna. Recordó que él también había estado alguna vez así.

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