martes, 31 de marzo de 2009

La tierra será un paraiso. (El Precio de Vivir)

Pasamos estos días por grandes alegrías e insólitas esperanzas. Quizá esta espiral de sensaciones nuevas que he tenido ultimamente son la parte más importante de la vida. No puedo dejar de sentirme especial o tocado por algún tipo de bendición. Y eso me hace contemplar la vida en una pespectiva que , no por ser insólita, deja de ser dulce y balsámica algunas veces. Lo noto al transcurrir las horas. El sol afuera brilla en un día azul. Y como dijo Sabina en una canción: El campo está ya verde y debe ser primavera.

Los corazones laten con la fuerza de lo nuevo y renovado. Las pupilas se encandilan de lo nuevo y lo renacido. Todo irá bien, dice algo por dentro. Todo irá bien. La tierra será un paraiso de cálidos y brillantes dioramas. Como cuando siendo un jovenzuelo pasaba las tardes al sol, perdido en el campo, entre los bosques de la Madroa, contemplando la bahía y la ciudad a lo lejos. Recuerdo de la juventud, con los barcos al fondo del mar, enfilando las islas y saliendo en la bocana. Entonces, el corazón latia fuerte y decía "Que bello, pero qué bello es vivir" Y ahora, dice lo mismo, pero tiene aún más fuerza, más sapiencia, más edad, más madurez. Y en medio de este climax de luz y poesía, en mitad de este momento único y precioso, en la mediatriz de toda esta experiencia vital surge la pequeña y minúscula sombra de lo perdido en el camino. La tasa a pagar por ser quienes somos ahora.

Perdimos en el transcurso del camino a alguno que queríamos tener en este momento. A otros, afortunadamente, los unimos a la tripulación de este barco de locos que es nuestra vida y la vida nueva que nos une. Pero pagando el precio de que otros naufragasen en el escaso mar de la vida. Nombres ilustres, de viejos amigos que en cierta forma dejaron de serlo, que naufragaron en nuestra singladura o a los que no supimos salvar o prefirieron tomar otro rumbo. Perdimos a Jose, vete tú a saber por qué, en mitad del recorrido. El amigo se tornó en silencio. Ya nada salvamos de lo que fuimos y su barco se perdió en mitad del horizonte, con la vela desplegada y sin mirar atrás, con la proa al sol y sin atender a las señales que le enviamos. Otro tanto amigas de la niñez, de la infancia, de la pubertad. Personas a las que puedes referirte a la hora de contar media vida. A otros, por la distancia, como ese Víctor, tan amigo, tan hermano, cuyas desgracias familiares nos llegan al corazón como si viviese con nosotros, pero que ya nunca viene a visitarnos por falta de tiempo, de ánimo, de fuerza pero no falta de amor.

Incluso en este tiempo, donde la tierra es un paraíso para estos ojos, asoma sin atisbo de duda la afirmación de que vivir tiene un precio. Y a veces es un precio demasiado alto.

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