miércoles, 2 de septiembre de 2009

Septiembre en la ventana.

Septiembre se ha descolgado de la ventana. Y en el descolgamiento ejercitado se ha dejado atrás el verano, las vacaciones, las sensaciones de vida y la longitud de los días. Volvemos a ser los de antes del estío. Y en nada, diremos, ya estará aquí el otoño. Sabemos que nuestra rutina empieza de nuevo. Sabemos que todo vuelve al mismo lugar que tuvo en nuestro quehacer diaro.

Miro tras la cristalera y me siento extraño. Septiembre vuelve como todos los años. Y su nombre trae recuerdos de la infancia en la boca. Olor a gomas de borrar, forros de libros, tareas infantiles, marcas de tiza en la ropa, olor a nuevo, sabor a piel de naranja, moreno en la piel que se desvanece, promesas de amistad eterna. Y pienso que Septiembre es la antesala de un nuevo otoño, de un invierno cada vez más frío... pero también de una nueva primavera, y de un nuevo verano.

Por razones que me son muy propias y que solo los que me conocen pueden percibir Septiembre me parece un mes triste. Tanto en el recuerdo de mi niñez, como en épocas más recientes. Y al tiempo, pienso que es un instante de la vida divertido y sorprendente. Hay muchas cosas que hacer en Septiembre. Es cierto que los días ya se acortan perceptiblemente, pero sus tardes siguen siendo tardes de luz sonrosada, por lo menos aquí en Santiago. Que los árboles alargan sus hojas, aunque ya amarillentas, para tendernos una sombra en los ultimos rayos del sol estival. Que nos da tantas y tantas cosas que es dificil de expresar. Cuando estuve en Nueva York, recuerdo el sol de la tarde reflejándose en el WTC, rojo, poniéndose sobre el mar y sobre la zona de Queens. Recuerdo las tormentas, el bochorno de aquellos días. Pero también recuerdo a la gente sonriendo, corriendo evitando las salidas del aire en la calle dieciocho. Recuerdo ir de Shopping a primera hora de la tarde, con las puertas de las tiendas abiertas de par en par, bullendo gente en el Macy's, los chicos de las bicicletas en el Soho, la algarabía de Times Square, el Madison Square Garden... y el alma, sin embargo se encoge al saber que todo eso, dos días más tarde estuvo en peligro. Es Septiembre, la otra faceta de septiembre. La que te dice que todo puede perderse en un instante, por cosas de la vida, por que un islamista loco secuestre un avión, porque un americano pirado tire una bomba atómica sobre miles de inocentes japoneses o porque simplemente el ser humano es un monstruo decidido a autodestruirse.

Recuerdo las tardes de Septiembre en Vigo, cuando con algun viejo amigo o alguna amiga del alma - de esas que hace muchos años perdi en algún lugar- paraba en alguno de los cafés de la calle Placer, o de la zona antigua, o en la cafetería México, cerca de la estación. Aquellas tardes vienen ahora a la memoria como pequeños e intensos placeres. Ahora todo discurre entre paredes blancas, informes de ventas, operaciones de miles y miles de euros. Y uno se pregunda donde y en qué momento perdió esa parte de su vida.

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