lunes, 15 de noviembre de 2010

El Sol Amante.

Parte de un relato escrito hace unos años...
Espero que os guste.




Después de una tarde imbuida en los asuntos de la herencia ( un millón de llamadas, citas concertadas, localizar a otros abogados, solicitar copias, mil copias, un millón de copias de escrituras de terrenos en Dios sabe dónde, entrevistarse en el salón del Hotel con uno de los herederos y mil estupideces más) Rosa descansó finalmente encima de la cama del hotel, mirando el horizonte que menstruaba colores rojizos frente al enorme ventanal de su habitación. Una sensación de paz le inundó de la cabeza a los pies. Estaba cansada pero finalmente parte del trabajo estaba hecho. Quedaba lo más duro, pero eso no importaba ahora. La noche pronto dejaría de ser una promesa. Abrió la ventana y notó un extraño perfume. Era el perfume de la oscuridad prometida, de la profundidad estrellada que pronto llegaría. Olía a verano. El color del cielo era como el del verano. Y se dio cuenta de que finalmente, por un breve instante era sorprendentemente feliz. Se sentía bien. Completamente renovada y preparada por dentro.




Miró al sol mientras terminaba de ponerse. Se sintió entera, una mujer entera. Una mujer en sí misma. Se quitó los zapatos, aquellas incómodas medias, la minifalda, y ya puesta en el tema, decidió desnudarse completamente. La blusa blanca acabó en el suelo, los anillos, la cadenita, el pelo explotó y estalló encima de la cama. Aquel cuerpo felino se estiró hacia el balcón. Más allá del cristal del ventanal, el sol empezaba a declinar rápidamente. Se sorprendió riendo... riendo y jugando con él, usando sus manos como si éstas fuesen capaz de alcanzarlo, de acariciarlo, de sostenerlo. Y así acarició Rosa el sol y la luz. Notaba la brisa entrar a raudales desde el mar. Y aquella sensación le pareció inmensa. Incorporándose un poco pudo ver el sol empezar su ocaso rojizo y sangrante. Abrió las piernas y su corto y cuidado vello del pubis aparecía ahora hacia el mar y hacia el sol. Rosa jugó con el sol nuevamente. Vio como éste se inclinaba hacia su abertura, como se inclinaba hacia su vientre, rojizo y poderoso. El vello de su sexo se convirtió en un sin fin de siluetas translúcidas ante el sol poniente. El vello se puso rojizo en la luz. Y el sol seguía inclinándose hacia ella. Luego, rojo como nunca empezó a cruzar la línea del horizonte del cuerpo de Rosa. Y volvió a reír, notando un reconfortante calor dentro de su cuerpo, como si el sol estuviese metiendo dentro de ella, despacio, poco a poco, como si los rayos de luz del propio sol entrasen en aquel vientre abierto, en el roto de su cuerpo y lo iluminasen con una cálida luz rojiza, penetrándola con la mayor levedad posible. Leve es la luz. Luz leve que entraba y tomaba por fin su tiniebla interior. Y Rosa se encontró excitada, tremendamente excitada, pero esta vez sin excusas. Sabía que no podía ser el estrés, que no había cambios de presión, que no había más mentiras piadosas. Está vez era todo el sol el que se había metido en su interior. Disfrutaba de aquella sensación casi mágica. Era magia pura. Magia en su sexo. Algo que su actor porno particular, su amante , no había despertado jamás.

Y volvió a reír, notando un reconfortante calor dentro de su cuerpo, como si el sol estuviese metiendo dentro de ella, despacio, poco a poco, como si los rayos de luz del propio sol entrasen en aquel vientre abierto, en el roto de su cuerpo y lo iluminasen con una cálida luz rojiza, penetrándola con la mayor levedad posible. Leve es la luz. Luz leve que entraba y tomaba por fin su tiniebla interior
Y en medio de los jadeos y la respiración agitada, mientras su sexo era poseído por el astro rey, mientras su mano se deslizaba en su esencia deslizándose en su cuerpo y su sexo, mientras jugaba con su cuerpo notando al sol como el amante más puro; en medio de aquella cálida sensación; en medio de la sensación más extraña y placentera del mundo; en medio del sexo más inmaculado y mágico de su vida, de la pulcritud sexual más extraña y exquisita; en medio de su unión con el todo, con la totalidad sexual del universo, surgió una enorme lágrima que recorrió su rostro, deslizándose casi hasta su sien. Y fue una lágrima de tristeza pura. De tristeza infinita. Inmensa y cruel. En el momento del orgasmo se sintió triste y notó un extraño sonido dentro de ella, como si un corazón se hubiese roto. Algo como el cristal. Y fue felizmente triste al saber que aquel orgasmo había sido algo único, que el sol había sido suyo, que el mar se lo había traído y lo había perfumado solamente para ella.

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