martes, 25 de septiembre de 2007

Y lucían las estrellas... (E lucevan le stelle)

Alguien se olvidó de enseñar a Puccini en las escuelas de mi vida. Quizá este sea el principal problema de nuestra sociedad, que todo lo que suena a culto parece un soberano muermo o coñazo. La función de la cultura es precisamente la lúdica, será que alguien se ha olvidado de contarnoslo a nuestra generación y a las venideras.


La Opera a la mayor parte de la gente le suena a tipos pegando berridos. Curioso: en este país hace unas semanas todo el mundo estaba de luto porque un joven deportista moría en un terreno de juego. Unos cinco días más tarde fallecía uno de los mejores cantantes de opera de todos los tiempos: Lucciano Pavarotti. Y apenas unas reseñas en los informativos y escasa repercusión mediática. Lo decía Pérez Reverte y acabaré dandole la razón, mal que le pese a algunos. En este país tenemos la insolente manía de volvernos masivamente aborregados. Los mass-media causan estragos en la adocenada población acostumbrada al pan y al fútbol. Y todo lo que salga de ahí, complicadito lo tienes para que no le parezca raro al vulgo.

En alguna época de mi vida quise ser como el cantante del Nessum Dorma, que al llegar a la mañana vencería y por fin se declararía a su amada princesa en su fría estancia. En esta que estoy viviendo me siento como el torturado de Tosca. Y todo eso fue gracias a Luciano Pavarotti, que me descubrió qué era volver a estremecerse escuchándo música.

Hoy lo vuelvo a decir... Y lucían las estrellas...

E lucevan le stelle… ed olezzava la terra… stridea l’uscio dell’orto… e un passo sfiorava la’rena… Entrava ella, fragrante, mi cadea fra le braccia… Oh! dolci baci, o languide carezze, mentr’io fremente le belle forme disciogliea dai veli! Svanì per sempre il sogno mio d’amore… L’ora è fuggita… E muoio disperato! E non ho amato mai tanto la vita!…
Y brillaban las estrellas y olía la tierra… chirriaba la puerta del huerto y unos pasos hacían florecer la arena… Entraba ella fragante y caía entre mis brazos… ¡Oh dulces besos, lánguidas caricias! Mientras yo estremecido las bellas formas iba desvelando… Para siempre desvanecido mi sueño de amor… Ese tiempo ha acabado… ¡y voy a morir desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida!



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