Vengo de noche furtivamente a escribir un rato. Es una de esas noches de Santiago, después de un atardecer naranja pálido y bello en medio de un octubre impropio. Sería de esas noches en las que si el que escribe tuviese el vicio del tabaco, se encendería un cigarrillo, al más puro estilo del capitán Manghisi, exhalaría el humo y lo vería flotar hacia la pantalla del ordenador con visión de cuadro de enfoque hollywoodiense, años cincuenta. De esa ecuación fallan varias variables. La primera, que no fumo. La segunda es que vivo en colores...