lunes, 8 de junio de 2009

Era una noche de San Juan. Hogueras en el aire. Se detuvo en la playa, conjuntamente con los amigos. En realidad estaba solo. Sólo como siempre. Solo por dentro. Una botella de cava, otra de licor de frutas, otra de ron. La playa está llena, pensó, y yo vacío como nunca. Alrededor cientos, cientos de personas bailan. Jóvenes que brindan. Hogueras en todas partes. Unos saltan las hogueras, otros asaltan las neveras portátiles llenas de licor. Solo por dentro, arrasado como una tierra después de la guerra. Feliz verano mil novecientos noventa y cinco. Oficialmente inaugurado. Bebió un sorbo largo. El licor quemaba. El amigo y su amante retozaban en la arena. Los otros bebían y bebían, reían a veces. Una excusa. Hoy todo es una excusa. Podría ser la inauguración del verano o la próxima llegada del Hale Bopp, esa cosa que brilla en el cielo.

Solo y arrasado. No habrá amores de verano. No habrá otra oportunidad. El camino no empieza hoy, se dijo. Termina aquí. Dos años detrás del corazón y no hubo recompensa. Ella le dijo que no había química. Tanto como la quiero, pensó.
Las estrellas brillaban. El humo de las hogueras viajaba hacia el mar. La brisa era una caricia, ligeramente cálida y confortable. Nada quedaba excepto esos paraisos breves. La quiso tanto y ella jamás lo amó.
-Feliz Verano, le dijo el otro. Ya estaba borracho.
-Feliz Verano, Miguel.

Y luego se dio cuenta de que todo empezaba de nuevo. Que siempre habrá un corazón donde anidar cuando crezcan nuevas alas.
-Claro que sí, Miguel, Feliz verano.

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