martes, 17 de julio de 2007

Con los ojos todavía empapados con dolor

Lo conté, hace años ya... con los ojos todavía empapados con dolor y chorreando la sangre de la nostalgia. Yo fuí un niño que miraba atardeceres rojos por la ventana en tardes de verano.

Dicen que la felicidad es algo que sólamente se aprecia cuando ya no se tiene o cuando se ha tenído carestía de ella. No recuerdo un solo día feliz entre mis doce y mis trece años. Y la frase aunque cruel no deja de ser cierta. Ni uno. La memoria es cruel. O simplemente es algo coloreado y matizado. Recuerdo las supuestas fechas señaladas como una especie de mortuorio, como un funeral eterno, como un velatorio de meses y meses. Las navidades era siempre un querer y un no poder. La casa se adornaba pero se veía claramente que era más un deseo nuestro que una realidad llevada por mis padres. Las fiestas del colegio eran otro tanto igual. No recuerdo ni una sola ahora que mereciese la pena y que no esté teñido por el recuerdo de unas nubes negras de borrasca impropia de Mayo. Las vacaciones de verano eran un infierno jaleado por mis profesores de escuela que me suspendían en las materias más insospechadas y en las edades más absurdas. Apenas tenía amigos y los que lo eran pasaban siempre demasiado tiempo fuera. Sus padres hacían viajes, excursiones, salidas a múltiples sitios. Los míos, prácticamente, eran muebles de sus negocios y de la casa.

Recuerdo los malos momentos que vivíamos en casa. Mi madre trabajaba en un negocio nada próspero demasiadas horas. Muchas más de las que le pagaban y muchas más de las que debía. Mi padre era un fantasma acosado por el paro que deambulaba por casa o por el negocio de mi madre. Y su presencia siempre era más temible y acosadora que otra cosa. Sus frustraciones e impotencia hablaban por él. Es curioso, ahora, con los años y con la necesidad de ser padre acechando en cada gesto infantil que veo, no me puedo imaginar un padre mejor. O al menos es un espejo en el que, aunque no me quiero ver, su azogue me resulta demasiado familiar. La tienda en el puerto era un especie de calvario que se comía demasiadas de mis horas y de las horas de mis padres. Y aunque la bicicleta estaba bien y en mi ahora vieja "akimoto" -mi bici de ruedas azules- yo era una especie de caballo desbocado en busca de aventuras los límites de mi escapada era demasiado limitados.

Me gustaban, eso si, los barcos. Recuerdo que podia quedarme horas embobado mirando los remolcadores con sus estelas de espumas en las maniobras. O contemplando como desatracaban los grandes buques, los cargueros, los petroleros, gaseros. De vez en cuando, alguno de los guardamuelles que tenían su caseta cerca de las tiendas, me dejaba pasar al interior del muelle de trasatlánticos. Y allí amarrados estaban los cableros, los buques más grandes, los trasatlánticos, los de la armada cuando atracaban en puerto. Y si no había barcos, estaba el mar, y el Sol. Y la promesa de que algún día todo aquello quedaría lejos, muy lejos. Que todas las tristezas saldrían volando. O quizás yo mismo. Quizás yo mismo saliese navegando en ese mar. Lo pienso con la solera de los años y lo veo claro: Todos esos dioramas refrescaban una existencia demasiado sombría, demasiado acuciada por sombras dondequiera que se mirase.

En medio de toda la tristeza provocada por un colegio hipócrita, por una familia complicada, y por un hermano distante recuerdo un oasis de tres años. Recuerdo que dejé el colegio hipócrita, y el primer verano después de aquello, fue uno de los que mejor recuerdo tienen en mi memoria de niño. Me distancié un poco de la familia y descubrí por mi mismo que no necesitaba supuestos líderes en mi vida. Que era mejor estar sólo que mal acompañado o sólo o acomplejado. Descubrí la vieja -no tan vieja, si lo pienso- máquina de escribir que había comprado mi padre. Y en ella empecé a dibujar con letras los primeros cuentos. Me había hecho mayor de repente. Miraba por la ventana, iluminada y coloreada por un sol rojo como un tomate que se deslizaba detrás de esa mole que es el ayuntamiento. Veía a los muchachos jóvenes con sus motos, paseando las chicas. Los imaginé en un bar de la playa, a la viva imagen de unos Marlon Brando del tres al cuarto. Todo era de color vívido y resaltante. (Pasarían muchos años para que volviese a revivir aquella sensación. Y entonces sería en una isla en el mediterráneo.) Me sentaba en el alfeizar y veía deslizarse el sol y llegar la noche y las estrellas en un cielo de un color tan puro que jamás pensé que existiese. Es cierto: la felicidad tiene colores y formas. Una de ellas es la de un chico de catorce años que mira a través de la ventana ponerse el sol de un color rojo como un tomate, que tiene en la mesa del salón una vieja máquina olimpia de color blanco. Y tiene también un montón de folios blancos inmaculados perfectamente ordenados justo al lado. Porque aquel chiquillo que tenía catorce años no entendía de ordenadores y cosas parecidas. Entendía de cuentos escritos en una vieja máquina de escribir . Y pensaba que era tan feliz que jamás volvería a serlo de la misma forma. Quizás sea verdad. Acaso esté equivocado.

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